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Música e historias de vinilos

«Mi famosa banana»
The Velvet Underground – The Velvet Underground & Nico – 1967

GRUPO: The Velvet Underground
TÍTULO DEL ALBUM: The Velvet Underground & Nico
AÑO: 1967
DISEÑO:Andy Warhol

Decía Brian Eno que si el primer disco de The Velvet Underground solo había vendido 30000 copias en 5 años, todo el que había comprado el disco había tenido que montar un grupo. No exageraba mucho. Nunca un disco tan minoritario tuvo tantos seguidores tan importantes. De hecho, cuando el que esto escribe llegó a él fue por la pura curiosidad de oír cómo eran citados como una de las principales influencias de las dos corrientes musicales más alejadas que seguía en ese momento: la línea del punk y el post, de Ramones a The Cure; y la electrónica, de OMD a Depeche Mode (estos más bien de segundas, vía el citado Brian Eno, todo sea dicho). Y eso por decir solo los extremos, sin contar todos los demás que adoraban el dichoso disco, desde Blondie a Bowie o Jackson Browne.

El caso es que un día, yendo de saldos a la mítica Discoplay, allí estaba, barata además, la famosa portada. Ya incluso antes de Internet, cualquier chaval con un poco de ínfulas culturetas conocía a Andy Warhol y su famoso plátano. Lo que ya no era tan sabido es que el dibujo lo había copiado de una campaña de publicidad de la industria platanera yanqui. Tampoco hubiera importado mucho, que, a ver, el bueno de Andy llevaba un tiempecito haciéndose de oro macizo a base de vender reproducciones de latas de sopa… Pero lo que sí escoció fue después, cuando ese chaval descubrió, con algo de desilusión, que la portada de su disco, de la que tan orgulloso estaba, no era La Portada (la del Sticky Fingers de los Rolling Stones, también de Warhol, tampoco era). O, mejor dicho, que había otra portada más portada que la suya, como veremos.

Volviendo al día de la compra, decir que flipé cuando llegué a casa sería quedarse corto. El disco empezaba con unas campanitas casi de canción infantil (luego supe que era una celesta) y rápidamente Lou Reed con un tono de voz andrógino y gutural y unas guitarras machaconas con un ritmo básico que conformaban la mejor representación musical de una resaca dominical. Y a partir de ahí, entraba de todo. Maravillosas baladas cantadas como letanías y extraños artefactos que rozarían el pop con afinaciones no tan raras. Había ritmos casi bailables y una versión descarnada de Heroin. También un par de melodías hipnóticas en las que era difícil entrar, además cantadas sin concesiones, como todo el disco, por otra parte. Y al final, como premio, dos barbaridades. Primero The Black Angel’s Death Song, tres minutos de una melodía desganada, más bien un recitado, sobre un fondo de instrumentos sobre el que destaca una viola repitiendo unas pocas notas chirriantes. Y la última, European Son, empieza con suavidad que contrasta con lo anterior pero la calma dura un minuto y luego vienen casi siete de todo el grupo tocando desatados sin el menor interés por la armonía ni aparente orden ni concierto. La única vez que oí la canción por la radio, en Rockfm, en el especial que le dedicó Rafael Escalada dentro de la serie de sus 50 discos imprescindibles en el programa Oldie Motel, avisó a los oyentes para que se prepararan y que, si no lo soportaban, volvieran en 8 minutos.

Y sin embargo, todo ese ruido, toda esa disonancia y aspereza, te deja la sensación de que sí, de que ahí hay algo que acabas descubriendo. Quizá no a la primera o a la segunda escucha pero acabé entrando, y era algo distinto a todo lo que había oído. A raíz de esto y con los discos que me iba pasando mi amigo Pedro, que estaba más metido en lo de las músicas alternativas, llegué a Sonic Youth, Jesus and Mary Chain y demás bestias sonoras, cambiando mi vida para bien y la de la perra de mis padres, que llevaba regular tanta distorsión, para mal.

Decía antes que en mi disco no venía La Portada y es que, en la original, el plátano podía pelarse. La piel era un adhesivo que, al retirarlo, dejaba ver una fruta de peculiar tono rosado que, de haberla visto, habría reafirmado a la madre de la Dra Amy Farrah Fowler en su creencia de que las señoritas decentes solo pueden comer un plátano de una manera muy concreta. Ese detalle obviamente encareció la producción al necesitar un equipo creado ex profeso. Todo un capricho que los ejecutivos de MGM le concedieron a Warhol creyendo ilusamente que el mero hecho de llevar su firma vendería el disco. Huelga decir que, vistos los resultados comerciales, en las sucesivas ediciones se lo ahorraron (salvo los japoneses, que para esto de las reediciones siempre han estado en otro nivel). Es más, en las más baratas, como la mía, ni se molestaron en poner la famosa notita que decía aquello de Peel slowly and see.

Ahora bien, toda esta historia era relativamente conocida pero lo que ya no lo es tanto es no solo mi portada no era la original, la contraportada tampoco. Ni la mía ni la del 99% de los propietarios del disco, dicho sea de paso, como veremos. Antes de grabar el disco, el grupo tocaba como banda de acompañamiento en el espectáculo multimedia Exploding Plastic Inevitable así que se incluyeron en la contraportada fotos tomadas mientras tocaban, una de cada miembro del grupo y otra general sobre la que se proyectaba una imagen doble con las caras de Lou Reed y Eric Emerson, uno de los actores habituales de la troupe Warhol. Por lo visto, cuando salió el disco, el tal Emerson, como todo dios aparentemente, al ver la firma de Warhol en portada, también llegó a la conclusión de que iba a llover dinero. Y amenazó con ir a los tribunales pidiendo una millonada. Su único problema es que para entonces los de MGM, ya tenían claro que aquello no se iba a vender, así que decidieron parar un par de meses la distribución para difuminar su imagen y así zanjar el problema. A los ya distribuidos les pusieron una pegatina medio tapando al pollo y a correr. Total, si no lo compraba nadie tampoco se iba a notar la chapuza.

Además, quién sabe si, a lo mejor, en verano se vendía mejor. En este momento, hay que aclarar que MGM había sacado el disco bajo el sello Verve, especializado en jazz (y alguna cosa de rock raruno que tampoco tenían claro dónde meter, como Frank Zappa) y que, por tanto, puede que no supieran que, a la vez que su disco, ese verano del 67 se esperaba que unos ingleses sacasen un disco que se esperaba también de sonido rompedor.

Curiosamente, y ya termino, el de Eric Emerson no fue el único juicio sobre la portada del disco. En 2012, la Velvet Underground business partnership (o séase Lou Reed y John Cale) demandaron a la Fundación Andy Warhol por licenciar el diseño del plátano a Apple que quería hacer carcasas de iPhone. La demanda fue desestimada porque como el dibujo original era anterior al disco, no les pertenecía a ninguno y por tanto, cada uno era libre de vendérselo a quien quisiera. La carita que se le quedaría al ejecutivo de Apple al saber que habían pagado por algo que podrían haber conseguido gratis. O igual hasta cobrando, que el famoso plátano había empezado siendo un anuncio.

Agustín Oliver.

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