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«R.A. Landeira»
Javier Menéndez – De Profundis: Extremoduro, Verso a verso – 2022

AUTOR: Javier Menéndez Flores
LIBRO: De Profundis: Extremoduro, Verso a verso
AÑO: 2022

DE PROFUNDIS: EXTREMODURO, VERSO A VERSO

Javier Menéndez Flores (Libros Cúpula, 2022)

Robe Iniesta habló poco de su vida. Escribió mucho sobre ella. De profundis reconstruye esa vida a partir de canciones, discos, conciertos, músicos y todo lo que el poeta quiso dejar dicho. Es la historia autorizada de Extremoduro escrita por Javier Menéndez Flores. Libros Cúpula (Grupo Planeta) vuelve a publicarla, ampliada y actualizada, del mismo modo que el autor había hecho con su exitosa biografía de Joaquín Sabina, Perdonen la tristeza (2018).

El libro parece algo muy concreto: ah, una biografía. Pues no. Menéndez Flores lo llama «miscelánea» y es difícil no estar de acuerdo. De Profundis es una investigación microscópica de la trayectoria de Extremoduro, ordenada con rigor cronológico: desde 1987 hasta el portazo de 2019, pasando por el Robe en solitario desde 2015 y llegando hasta la resaca de la no-gira en plena pandemia de COVID-19.

Las canciones fueron la puerta de entrada al libro —«algo que le encantó a Robe», me confiesa el autor—, desmontadas verso a verso hasta dar con las constantes de su universo: el amor («Romperás»), la pérdida («No me calientes que me hundo»), el sarcasmo —todo Pedrá es un ejercicio de ironía desatada— y el arrepentimiento («Extraterrestre»). Y, sobre todo ello, una voluntad de no cambiar; una tozudez que dejó a Robe solo en más de una curva del camino. Sabía que sus canciones acabarían encontrando su sitio, aunque antes le tocara dar con los compañeros adecuados y tragarse miles de horas de furgoneta.

En lo técnico, la mano de Menéndez es limpia. Sabe entrar en la historia, hacerse a un lado, abrir paso a la hemeroteca y dejar que hablen las canciones o los que estaban allí. La cuestión incómoda es otra: ¿puede una biografía autorizada mantener cierta distancia cuando quien la escribe admira a quienes cuenta? Algunos lectores se lo han reprochado, y él responde: «Yo siempre he escrito libros de artistas que me gustan. Es cierto que hubo cosas que Robe me dijo con las que no coincido, pero creo que sus canciones hablan por sí solas y siempre han acertado. Que me recriminen que no he sido lo suficientemente duro… ¿Qué necesitaban?, ¿qué me metiera en su época de yonqui a recrearme? Creo que eso solo les interesa a las catacumbas. Lo que ha enamorado a la gente son las canciones de Extremoduro».

La posición está clara. El propio autor concede que en el camino hubo «algo de seducción», de modo que no conviene buscar aquí un ejercicio de desenmascaramiento. El objetivo no es revelar al hombre que había detrás de Robe, con sus miserias y contradicciones, sino la operación contraria: aceptar que la obra es el centro y armar alrededor, con lo que se puede documentar, el relato de una vida. No es, por tanto, una renuncia. De Profundis aspira a fijar la versión definitiva de Extremoduro y, contra esa vocación de permanencia, preguntarse si la operación podría haber sido otra es un debate que el libro no se plantea, y con razón.

Esa respuesta toca directamente la intimidad del artista. Tras el éxito de Agila (1996), Robe tuvo a la prensa castigada durante diez años, y la carrera de la banda no se resintió. «Extremoduro desmontó el tópico de que los periodistas somos imprescindibles en la promoción de un artista», reconoce Menéndez Flores. Cuando le preguntaban por su entorno más cercano, la molestia se agudizaba. El intento resultaba infructuoso porque esa intimidad que atesoraba con celo se le colaba sin remedio por las rendijas de las canciones. «No hay nada peor que escribir sobre lo que no se ha conocido», diría en su día. De modo que quien acuda a esta biografía en busca de juergas de camerinos o broncas de banda pasados de copas se va a quedar con las ganas.

El anecdotario, sin embargo, no desaparece. Robe Iniesta fue chapista en el taller de su padre en Plasencia —no es gratuito el verso de «Jesucristo García»—, además de tunero y propietario de un bar en la ciudad. Mención aparte merecen el choque contra Rodríguez Ibarra, un pulso con aroma a las Comedias bárbaras de Valle-Inclán, y la estirada respuesta que llegó desde el Palacio de la Zarzuela al recibir una copia de la maqueta de Rock Transgresivo (1989): «La Casa Real no es auspicio de músicos». Son dos episodios distintos, pero cuentan algo parecido: Robe tampoco parecía dispuesto a aceptar que las instituciones le explicasen cómo debía comportarse.

Las canciones de Robe son salvajes, deslenguadas y transgresivas. «Hizo del vulgarismo una de las bellas artes», apunta el periodista madrileño, aunque Iñaki «Uoho» Antón introduce un matiz: «Aunque hay momentos muy explícitos en Extremoduro, realmente las letras no lo son». El libro se detiene con calma en el glosario que vertebra ese universo: flores, drogas —que Iniesta eleva a categoría de «hogar»—, luna y, sobre todo, sol («Sol de invierno», «Golfa», «La vereda de la puerta de atrás»). Tanto pesa este último que, para Canciones prohibidas (1998), Robe solo quiso grabar las voces en Berriz (Vizcaya) «los días que haya sol».

Hay un detalle en el texto al que nunca le había prestado atención: todas las letras de la banda, salvo dos —«La carrera» y «Standby»— están escritas en primera persona. Eso acerca la canción a la experiencia íntima y borra la línea entre autor, narrador y personaje. No puede ser una simple curiosidad: es una clave de lectura de la obra de Robe. La primera persona permite trenzar verdad y fabulación sin tener que rendir cuentas por la veracidad de nada. Robe es él mismo y, a la vez, no del todo. Tras este recorrido, resulta difícil no ver en Roberto Iniesta Ojea a un literato. Menéndez Flores lo pone en palabras sencillas: «Entrar en una canción de Robe es hacerlo en una atmósfera muy reconocible». Su biblioteca tampoco deja demasiadas dudas: Machado, Hernández, Neruda, García Lorca; todos poetas, salvo Pérez Galdós.

En lo musical, las influencias son más fáciles de rastrear: AC/DC, Veneno, Barón Rojo, Leño, Alarma!!!, Antonio Vega. Y, por supuesto, Platero y Tú, con quienes habría que hablar de una confusión de identidades. Uoho lo zanjó: «Llegó un momento en que ya no se sabía dónde terminaba Platero y empezaba Extremoduro», un solapamiento que terminó por precipitar su salida de la banda de Fito Cabrales para instalarse al lado de Robe en 1997, justo a tiempo para Canciones prohibidas. ¿Rechazos? Robe solo se atreve con un nombre: Bruce Springsteen.

De Profundis no deja huecos. Es denso y enciclopédico porque quiere serlo. Tanta acumulación puede abrumar al lector ocasional, pero es precisamente ese detallismo lo que eleva el libro por encima de la biografía convencional. «Yo al principio nunca sé qué libro voy a escribir. Tengo que encontrar una estructura y un tono», admite Menéndez Flores. Al final dio con la fórmula para vertebrar casi cuatro décadas de historia: esto es lo que se hizo, lo que se dijo, estas son sus canciones y estas fueron sus circunstancias. Seiscientas treinta y dos páginas. En tapa dura.

Leer De Profundis no te va a hacer querer más a Extremoduro; de eso ya se encargan de sobra sus canciones. Pero sí te deja la sensación de haber compartido su entorno, como si estuvieras tirado en la cama y, de pronto, apareciese cualquiera de ellos, sin camiseta, pegando una patada en la puerta para hacerte recordar.

R.A. Landeira

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