VinylRoute

Web de música, entrevistas y crónicas

«R.A. Landeira»
Paco Martín – Pájaros, pajaritos, pajarracos – 2026

AUTOR: Paco Martín
LIBRO: Pájaros, pajaritos, pajarracos
EDITORIAL: Mágica Narrativa
AÑO: 2026

—¡Buenos días! Quisiera ver al señor Palomo.

Así llegó Paco Martín a las oficinas de Fonogram, en el número 60 de la avenida de América de Madrid, en 1979, buscando trabajo —«de lo que fuera»—. Tenía veintiséis años, ninguna experiencia en la industria y el único conocimiento que le daban los discos que había vendido en un puesto callejero de la plaza del Campillo del Mundo Nuevo, en el entorno del Rastro madrileño. Manolo Palomo, ejecutivo de la compañía y antiguo miembro de Los 3 de Castilla, le dijo que le llamarían en un par de semanas. A fuerza de insistencia, pocos días después ya estaba dentro. Se tomó el trabajo tan en serio que, apenas un mes más tarde, ya era el jefe de prensa de la histórica casa de discos de Nino Bravo.

Desde entonces hasta su retirada de la industria musical en 2013 transcurrieron treinta y cuatro años. En el camino quedaron la fundación de la sala Rock-Ola, los sellos independientes Producciones Twins y MR Records, los despachos en Sony, Universal y BMG, y el trabajo con Los Secretos, Hombres G, Antonio Flores, Celtas Cortos, Manolo García, Los Rodríguez, El Canto del Loco, Ska-P, Pereza o Estopa.

En lo literario suma siete libros, el último de ellos Pájaros, pajaritos, pajarracos, donde se despacha a gusto con la fauna que se cruzó en su carrera. No es novedad: con su libro de memorias, El niño que soñaba con ser músico (Huerga & Fierro Editores, 2015), ya había sacudido los cimientos del sector a golpe de verdades directas. Ahora retoma aquella línea testimonial para internarse en la zona oscura.

Paco Martín nació el 15 de diciembre de 1953 en Santaella (Córdoba), donde la vida giraba en torno a la agricultura de secano, las campañas del cereal, el olivar y el viñedo. Las carreteras eran caminos ásperos de tierra y, con las lluvias, el suelo arcilloso de la campiña convertía los accesos al pueblo en lodazales. En la provincia se le conocía como «el desierto del barro». Las fiestas de la Virgen del Valle conservaban un aire rural, religioso y austero, aunque a mediados de los sesenta ya empezaban a oírse soplos de modernidad con la radio musical y los primeros tocadiscos.

—Yo recuerdo desde muy niño escuchar con mi madre la música de los tiovivos y quedarme fascinado. Creo que ahí descubrí que quería dedicarme a esto. Luego todo cambió cuando, con la familia, llegamos a Madrid.

De Santaella al barrio de Prosperidad. Paco tenía catorce años, pero aquella Prospe no difería mucho del pueblo que dejaron atrás.

—No todos los vecinos tenían agua corriente en sus casas, y todavía existía una vaquería donde se vendía la leche que producían tres hermosas vacas en un establo.

Paco me esperaba en una cafetería de un centro comercial de Arturo Soria, a finales de agosto, tomando un café con leche. Le propuse salir. Pagó —dejando una propina generosa sobre el platillo— y empezamos a subir unas escaleras.

—Espera —dijo a mitad de trayecto—. Debo hacer un descanso.

Había fumado muchísimo durante décadas.

—Tuve que dejarlo; si no, hoy no estaría aquí contigo.

Esperamos unos segundos en silencio. Después seguimos, peldaño a peldaño.

Afuera nos sentamos en un banco de un pequeño parque arbolado. Antes de empezar, me dijo que le había gustado mucho el libro de memorias que escribí con Miguel Costas, de Siniestro Total, y le di las gracias. A nuestro lado, dos niños jugaban a tirarse tierra ante la mirada distraída de sus abuelas.

—Paco, ¿qué queda del muchacho de Santaella que ahora es abuelo de tres nietos y tiene que pararse a tomar aire?

—Queda la misma pasión por la música y la misma duda de si alguna vez llegué a tener las aptitudes necesarias para dedicarme a esto. Tuve que superar muchas zancadillas y comportamientos repugnantes de gente miserable a la que, en momentos clave, ayudé desinteresadamente.

—La vida es tan jodida como la escribes.

—Más, bastante más.

En Pájaros, pajaritos, pajarracos cuenta la crisis de ansiedad que le llevó a urgencias después de no cobrar ni un euro de las regalías de sus anteriores memorias.

—Desde muy joven quisiste ser músico, pero dices que te faltó un mínimo de talento. Sin embargo, has escrito siete libros. ¿Aquí sí lo has encontrado?

—No me reconozco ningún talento literario especial —respondió—. Pero, sorprendentemente, me gusta lo que escribo. Reconozco que estoy a años luz de lo que es ser un buen escritor, aunque presumo de ser un gran lector. Las biografías de los grandes músicos me apasionan. Escribo mucho, pero también tiro mucho a la basura, como me pasó con este libro. No tenía intención de escribirlo porque ya lo había dicho todo, pero sentía que me faltaba contar la zona oscura del negocio: la de los pajarracos y los traidores. Dentro de este negocio hay muchísima hipocresía.

La lista de nombres que le han decepcionado es larga: Diego Manrique, Rosario, Niña Pastori, El Cigala, Sergio Dalma. También Mark Knopfler. Después de pasar tres días enteros con la banda en Madrid durante la promoción de su álbum debut, en 1979, se cruzó con él en un estudio de Oxford Street, en Londres, y el escocés no lo reconoció.

—Me importa un carajo. Que se enfade quien se quiera enfadar.

En el libro hay mucho espacio para la música que escucha cuando está solo: Van Morrison, Richard Hawley, Dusty Rivers y el country pop de Exile. Me preguntó si los conocía y le dije que no. «Son de Kentucky», dijo, y sacó su móvil para buscarlos en Spotify.

Mientras tanto, le pregunté si, a lo largo de sus más de trescientos discos, alguna vez se había visto obligado a censurar un verso ajeno por razones políticas o morales.

—Nunca. Sí he propuesto correcciones técnicas o musicales, pero jamás porque un autor metiera palabras como «mamón» o «marica». Nunca tuve problemas con los músicos a la hora de seleccionar los textos. Y aunque surgieran diferencias, siempre acabé dándole la razón al artista.

—Hubo un tema en particular que te llegó en 1984: «S.I.D.A.», de Peor Impossible. Cuesta creer que una canción así pudiera circular con normalidad en uno de los momentos más duros de la epidemia.

—Recuerdo perfectamente la canción. Me la trajeron en la primera maqueta, aunque al final salió después, con Ariola. El sida llevaba muy pocos meses en la calle y entonces era prácticamente una sentencia de muerte. Pero la canción estaba planteada desde un enfoque artístico profundo, sin una gota de morbo.

En las últimas páginas del libro están los amigos que se han ido. Enrique Urquijo en 1999. Una década después, Antonio Vega. Luego Enrique Sierra y Germán Coppini. Hace muy poco, Iñaki Fernández, de Glutamato Ye-Yé. Paco los recuerda a todos con idéntica devoción: «Gente maravillosa».

—Como vigués, tengo que preguntarte: ¿cómo no viste venir a Golpes Bajos? Eran carne de Twins.

—¡Porque no llegué a ellos, o ellos a mí! Quien lo hizo fue Mario Pacheco, de Nuevos Medios. Me apasionaban. Creo que la primera vez que los oí fue en maqueta, en Esto no es Hawaii, de Jesús Ordovás. Eran muy buenos, pero se me adelantó Pacheco. Y eso que yo a él le quité a mil artistas —se ríe—. Éramos muy amigos y los dos sabíamos escarbar entre los que rechazaban las multinacionales. Mira, el primer disco de Pata Negra lo sacamos conmigo todavía en PolyGram; no pasó nada. Luego se los llevó Pacheco y aquello fue un éxito histórico con Guitarras Callejeras (1986), Blues de la Frontera (1987) e Inspiración y Locura (1990).

—Por cierto, hace unos días falleció Ricardo Pachón.

—Lo sé. Muy amigo mío. Un genio, una de las figuras clave del flamenco moderno y de toda la música andaluza. Le mando un abrazo fortísimo a la familia.

Uno de los episodios más insólitos fue el intento de grabar un directo de Rosendo en Moscú, en 1989, en pleno desmoronamiento de la Unión Soviética. Según cuenta en Pájaros, pajaritos, pajarracos, aquello terminó siendo «una estafa de unos responsables comunistas vinculados a Comisiones Obreras». La experiencia previa con Hombres G —desembarcando solo en Lima en 1986 con seis de sus vinilos bajo el brazo— tampoco parecía precisamente prudente.

—Tan en precario a Perú no irías…

—Fue peor. Me llamaron loco por irme a vender un grupo que cantaba «sufre mamón», con unas trabas enormes para que sonaran en las radios y en las televisiones. Para ellos aquello era casi punk. Imagínate: a Perú, un país que casi está tan cerca de Japón como de España. No me quedaba dinero ni para pagarme el billete de vuelta a Madrid. Tuve suerte, porque cuando ya estaba sin blanca surgió la firma en Nueva York del contrato de distribución con CBS para toda América. Aquello me salvó la vida.

—¿Nunca pensaste en instalarte allí?

—¿En Lima? Completamente inviable. Además coincidió con una época en la que yo era muy adicto a la cocaína y allí era prácticamente regalada. Afortunadamente salí de todo aquello ileso. Tuve suerte.

En 1993 —lo cuenta en el libro con nombres y apellidos— intentaron vetarle la entrada en RCA por su «sólida adicción». Los teléfonos móviles eran entonces poco más que aparatos experimentales. Veinte años después, en 2013, cuando salió por la puerta de atrás de Universal, su teléfono pasó de arder en llamadas a no volver a sonar. Hoy, en este pequeño parque de Ciudad Lineal, solo suena «It’ll Be Me», de Exile.

Quienes no dejaron de estar fueron los amigos cercanos. La dureza con la que recuerda a los pajarracos contrasta con el afecto que profesa por Joan Manuel Serrat, Manolo García o Joaquín Sabina; todos con biografía publicada.

—¿Qué libro de memorias dirías que falta en la música española?

—Podría pensar en muchos nombres, pero si tuviera que darte uno, por mi cercanía con él, te diría David Summers. Tiene una biografía muy bonita detrás, una historia de largo recorrido que todavía está pendiente.

—¿Y Sabina, lee a Paco Martín?

Paco sonríe antes de contestar.

—Joaquín es un loco maravilloso que se acuesta y se levanta leyendo. Pero es un cabezota. Yo le mandé los discos de Pereza nada más ficharlos en 2001 para BMG y no les hizo ni puto caso. Un día me llamó: «¡Paquito! He escuchado por ahí un grupito que se llama “Los Pereza” y son cojonudos». Y yo: «Joaquín, llevo mandándote sus discos dos años. Pregúntale a Jimena [Coronado] y a Lena [Demartini] cuántas veces les di la lata para que los escucharais». Joaquín se descojonaba de risa al teléfono.

Hace una pausa para respirar.

—Joaquín es una máquina creativa. Todos sabemos que ha pasado por momentos complicados de salud, pero sé que se cuida mucho y nunca ha dejado de hacer canciones enormes. «Tan joven y tan viejo» (1996) sigue haciéndome llorar después de mil quinientas escuchas. Creo que es el mejor de todos, junto a Serrat y Antonio Vega.

Se queda pensando un instante.

—Y Manolo García.

Entre sus referentes también hay escritores. Uno de ellos es su tocayo Paco Candel, novelista catalán de raíz valenciana al que llegó gracias a Serrat.

—En uno de mis cumpleaños, Joan Manuel me regaló sus primeros libros. Es una cosa maravillosa. Tiene un estilo entre Delibes y Cela, con mucha fantasía y humor negro. Donde la ciudad cambia su nombre (1957) estuvo en mi mesilla de noche durante décadas.

También recuerda su encuentro con Eduardo Galeano durante la grabación de Cansiones (2000), el disco en el que Serrat suelta a su alter ego canalla, Tarrés. Si Joan Manuel encarna la lírica, la ternura y la melancolía, Tarrés es el reverso cínico y de vuelta de todo, curtido en el boliche y el toco, el canutero y el ratón, viviendo a la marchanta.

—Lo conocí en su casa de Montevideo, la Casa de los Pájaros. Fue una noche memorable; uno de esos días inolvidables de mi vida.

Paco mira un instante los árboles del parque.

—«Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo». Esta tarde, cuando llegue a casa, volveré a leer Memoria del fuego en su honor.

La conversación regresa entonces al presente y a la música contemporánea. En sus Pájaros ironiza sobre un tema de Maite Perroni y Reykon en el que el verso «Bum, bum, dale, dale» se repite ad nauseam, y califica el fenómeno Bad Bunny como «una tragedia insufrible».

—Apenas escucho nada actual —zanja—. El compromiso con el arte prácticamente no existe en los últimos tiempos. Respeto que se llene veinte veces un estadio con esa música, pero echo en falta un compromiso con la calidad.

—¿Rosalía tampoco?

—A Rosalía quise ficharla cuando cantaba flamenco y no la conocía nadie. Hablé con la madre durante dos meses, todas las noches. Llegamos a vernos, pero después la familia tomó otro camino y lo cierto es que me sentí un poco engañado; pero bueno, eso forma parte de las reglas del negocio.

El reloj marcaba las doce y media y llevábamos más de una hora allí sentados a la sombra, con un ejemplar de Pájaros, pajaritos, pajarracos reposando junto a nuestros teléfonos móviles.

—Muchísimas gracias, Paco. Te avisaré cuando salgamos con la charla en VinylRoute.

—¿VinylRoute?

—Sí. El presidente honorífico es José María Granados, de Mamá.

—¡Qué me dices! Mi grupo número uno siempre fue Mamá. Yo mismo los llevé a Polydor junto a Los Secretos. Carlos Pinto, el director artístico, los fichó. En los primeros ochenta, en Madrid, el grupo de referencia era Mamá. Y el mejor directo, el de Mamá. Un fuerte abrazo a José María desde aquí.

Antes de marcharse, con las llaves del coche en la mano, me miró y me pidió que no me olvidara de escribir que nació en Santaella.

—No me olvidaré, Paco.

R.A. Landeira

Paco Martín

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *