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«R.A. Landeira»
Cristina Llanos Fayos – La noche cayó y ya nadie pudo salvarme – 2026

AUTOR: Cristina Llanos Fayos
LIBRO: La noche cayó y ya nadie pudo salvarme
EDITORIAL: La esfera de los libros
AÑO: 2026

Dura. Durísima. La inmersión literaria de Cristina Llanos, la voz de Dover, es nihilista y obscena hasta romperte el alma o deshacerte el estómago. Lo que llegue antes.

No todos los días se leen cosas como esta: «Vivo porque, aunque me avergüence admitírmelo a mí misma, no tengo huevos para matarme». Suena a Thomas Bernhard, pero con una admisión humillante que no busca conmover, sino ser exacta. En esa precisión brutal está la clave del libro: no es la crónica sobre la exitosa banda madrileña, sino la autopsia en directo de una mujer que lleva treinta años luchando contra sí misma sin encontrar otro alivio que la pequeña paz que le proporciona escuchar a los Beatles en su céntrico piso de Madrid.

Se lo dice sin rodeos el médico que trata su fibromialgia: «Luchas contra ti misma, y esa pelea es imposible ganarla». Esa sentencia, tan clínica como seca, es el eje sobre el que gira todo este diario autobiográfico escrito entre el 24 de noviembre de 2021 y el 18 de noviembre de 2023. A partir de ahí se entiende el desdoblamiento entre el Milagro —así llama a Dover— y el Marasmo: su parálisis, su incapacidad para mover un músculo y, a la vez, la voz paterna convertida en verdugo interior. Cabe hasta el propio título: si «ya nadie pudo salvarme», ese «nadie» incluye, de forma silenciosa pero rotunda, a la persona que tuvo que seguir viviendo dentro de ese cuerpo y contra esa mente durante buena parte de su vida adulta.

La prosa exige un lector dispuesto a soportar una incomodidad persistente: avanza a saltos, en líneas breves, aisladas y repetitivas que se amontonan sin apenas conectores, a golpes de metrónomo roto. No se trata de una rareza autoral ni de un error de estilo: la fragmentación no es un adorno para lucir mejor sobre el papel, sino la forma en que se organiza —o, mejor dicho, en que se desorganiza— la memoria traumática de Cristina Llanos. Todo llega en fogonazos sensoriales que se repiten con variaciones mínimas, como si el texto no pudiera —o no quisiera— dejar atrás ninguna imagen sin antes agotarla. La sintaxis rota no ilustra el trauma desde fuera: es el trauma hecho forma.

Esa misma lógica explica y, en parte, justifica uno de los rasgos más discutibles del libro: la repetición. Hacia la página cincuenta, el lector ya ha entendido el conflicto de Cristina: la depresión, la sobremedicación, el dolor y la relación de todo ello con su identidad. El libro, sin embargo, vuelve sobre lo mismo durante cientos de páginas más, cambiando de escenario pero no de sustancia. Se puede argumentar que esa insistencia reproduce la circularidad obsesiva del pensamiento depresivo, que no avanza en línea recta, sino que rumia y rumia. Y vuelve a rumiar.

Buena parte del libro es una negociación imposible con la figura de un padre dominante y violento, temido por los hermanos en la casa familiar de Majadahonda. Al principio aparece como un maltratador sin matices; sin embargo, progresivamente el padre va ganando capas de ambigüedad. Cristina termina sospechando que la demencia vascular que marcó sus últimos años quizá ya estuviera allí, sin diagnosticar ni tratar, desde que ella era una adolescente. El giro, en todo caso, no lo absuelve: el miedo de las hermanas fue real; la violencia, también. Como ejemplo definitivo, la escena en que él la agarra del cuello, de noche, cuando ella tiene dieciocho años y acaba de sufrir una agresión sexual es de una crudeza que no admite atenuantes. Lo que aparece entonces es una tensión imposible que atraviesa todo el libro: cómo sostener a la vez el rencor y la compasión sin que ninguno de los dos anule al otro.

Esa voz paterna, cada vez que algo empieza a salirle bien, funciona como el mecanismo por el que el maltrato deja de pertenecer al pasado y se convierte en una presencia permanente. El trauma vuelve así como una forma de anticipar el castigo: reaparece como sospecha, culpa y desconfianza incluso cuando ya no existe una amenaza exterior. Ella misma lo reconoce de pasada, pero con una exactitud clínica, cuando atribuye su desconfianza hacia los médicos a «mi propio exceso de suspicacia, heredado de mi padre».

Si hay un sentimiento que atraviesa de principio a fin el diario, ese es la culpa. Cristina se culpa de aquella agresión —«el hecho de que él se diera por aludido en respuesta a mi sonrisa» sigue siendo, dice, «la parte más dolorosa y difícil de procesar»—; se culpa de la enfermedad del padre, de no haber cuidado personalmente a su madre durante sus últimos años de vida y, finalmente, de la deriva de su hermano Mariano, fallecido en noviembre de 2023, poco después que su padre. Esa culpa no es coherente ni argumentable —ella misma lo sabe—, pero sí persistente. Y en esa persistencia, contra toda evidencia racional, reside su valor como retrato: la culpa traumática no obedece a la lógica, sino a la repetición.

Frente a esa herencia tan hostil como ambigua está su hermana Amparo —Ampi—, atrapada en el papel de sostener a Cristina. «Amparo no era nuestra madre. Ni es la mía ahora tampoco». Y, sin embargo, en cada crisis la secuencia se repite: Cristina llama, Amparo acude y Cristina rompe a llorar, sintiéndose culpable de haber vuelto a pedir auxilio. Como lector me pregunto por qué demonios no se han ido a vivir juntas. La pregunta parece proponer una solución, pero no estamos ante una convivencia pendiente, sino ante una relación de cuidado asimétrica, una intimidad convocada casi siempre por las crisis de Cristina. El libro no resuelve esa configuración, pero sí muestra cómo se prolonga durante décadas.

El gran hilo del libro —y uno de sus ejes más inquietantes— es el de la pérdida del control mental como posible destino familiar. Ahí están el padre, con una demencia vascular no tratada; la madre, que padeció cáncer y alzhéimer durante sus últimos años y que, además, fue maltratada por una cuidadora en uno de los pasajes más amargos del libro; y el hermano Mariano, atrapado durante años en la adicción a la cocaína y muerto violentamente en la infame Cañada Real. Sobre ese fondo, el miedo de Cristina a «estar loca» y su resistencia a aceptar ayuda psiquiátrica, aunque reconoce que la necesita, adquieren una dimensión más amplia que la meramente individual. No es el miedo de una persona a perder el control de su mente, sino a que alguien —ese psiquiatra, quizá— le confirme que pertenece, de pleno derecho, al linaje de quienes ya lo perdieron.

En su tramo final, el diario se vuelve hacia el perdón: al padre, a Amparo, a Mariano, a Samuel Titos —bajista de la banda y expareja suya—, y al propio diario, al que Cristina ha convertido en interlocutor. Pero sería un error confundir este giro con el desenlace de una evolución narrativa clásica. Nada de lo ocurrido antes prepara una transformación. Cristina no supera el conflicto ni descubre una verdad que reorganice su vida; simplemente reconoce que todo sigue en su sitio. El estancamiento no se resuelve desde dentro, sino que se interrumpe desde fuera: la vida obliga a poner un punto final donde la psique, por sí sola, nunca lo habría puesto. El perdón, así entendido, es menos un desenlace terapéutico que un acto de voluntad narrativa: la decisión de cerrar un libro que, abandonado a su propia lógica, podría haber continuado indefinidamente.

Queda, para el lector, la sospecha de que ese gesto de cierre pueda no sobrevivir al paso del tiempo. No sería extraño que la propia Cristina, dentro de un tiempo, volviera sobre este diario —tan crudo, tan expuesto— con igual rechazo con el que hoy contempla tantas otras zonas de sí misma. Si el libro tiene mérito es porque no está escrito para pedir perdón por existir ni para que el lector absuelva a Cristina Llanos. Solo insiste, una y otra vez, en nombrar lo que duele, hasta agotarlo.

R.A. Landeira

Cristina Llanos

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