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«R.A. Landeira»
Peon Kurtz – La litera

Peon Kurtz – La litera

El viernes 25 de septiembre, poco antes de la medianoche, José murió. «En casa siempre lo llamamos así, José. Lo de Peon Kurtz vino más tarde, cuando montó su propia orquesta», diría Miguel Costas para ¡Esas palmas, coño! (Roca Editorial, 2026).

Me había enterado del triple infarto el miércoles a media tarde, por su entorno más íntimo. Hablaron de daño cerebral, de un ictus, de TACs diarios y de la UCI. La conversación terminó con una hostia: «Miguel está destrozado».

Para el sábado 26, a las dos de la tarde, el plan era milimétrico: recoger a Miguel en la estación de Chamartín, llevarlo al hotel, dejar que descansara un rato, ir a las cuatro a grabar un podcast con Carlos Galán en Subterfuge Radio y, a las siete y pico, salir corriendo a la Feria Internacional del Disco a presentar sus memorias.

Todo saltó por los aires.

A las 23:40 había entrado el maldito mensaje de WhatsApp: «José acaba de fallecer. Buenas noches».

Salí a la terraza y encendí un cigarrillo. Me supo fatal y lo tiré por la ventana con asco. Media hora más tarde llegó otro mensaje: si podía encargarme del comunicado de prensa, atender a los medios locales interesados en una nota escueta; en definitiva, gestionar la macabra tramoya mediática. Recordé de inmediato la cena de Nochebuena de 2013, cuando Pablo Lacárcel, de Lemuria Music, avisó a Miguel de la muerte de Germán Coppini. Miguel apagó el televisor aquella misma noche y escribió el tuit.

A las cinco de la mañana contesté que sí. Apenas había dormido un par de horas. Abrí el portátil y tecleé su nombre en Google Noticias. Su última referencia en prensa databa del 1 de diciembre de 2016, cuando César Strawberry lo echó a patadas de Def Con Dos. Desde entonces hasta el sábado, un páramo informativo. Empecé a redactar y, como Miguel aquella Nochebuena de 2013, me pregunté para qué esperar. ¿Esperar a qué? ¿A quién? A las 05:37 lancé el comunicado. Cerré la pantalla e intenté dormir.

No pude.

A las 08:20 mandé una tanda de mensajes a la gente que importa: a Germán y Javier, de VinylRoute; a Jesús Ordovás; a Rodrigo Cota, de Diario de Pontevedra; a Isabel, de Faro de Vigo; a Antonio «Cafre»; a Carlos Galán; a Segundo Grandío y a Javier Soto, de Siniestro Total.

También a Julián Hernández.

Fue el primero en responder.

«¿Queeeeeeé? ¿Pero qué ha pasado????», escribió. Le dije que me llamase. Lo hizo al momento y se lo conté. Y, a cambio, me llevó hasta la primera semilla de Def Con Dos. Cuando alguien muere, la memoria suele ponerse a buscar por el principio.

A Julián le pasó.

—Joder —me dijo—. Si me acuerdo perfectamente de cuando estos dos me lo pidieron. Fue en… Ay, coño, ¿cómo se llamaba esa discoteca…?

De fondo, un forcejeo doméstico interrumpía la llamada: un gato parecía estar subiéndose por su cara en la cama.

—¡Quita, gato!

—¿El Manco? —arriesgué.

—No, joder, ¡eso era un bar! La discoteca… ¿cómo era?

—El Kremlin —dije con firmeza.

—¡No, la otra! La que estaba antes.

No podía ser otra: La Kama.

—¡Eso, La Kama! —exclamó—. ¡Joder, que no me salía!

El gato seguía a lo suyo.

Y me contó que fue una noche de aquel invierno de 1987, en aquella discoteca del barrio vigués de Bouzas —hoy reconvertida en un gimnasio—, cuando José y César Montaña se le acercaron.

—Queremos montar un grupo, pero a lo Beastie Boys. ¡Y queremos que entres tú!

Eran los tiempos del pelotazo de Fight For Your Rights (Licensed to Ill). Los Beastie habían puesto de moda las chapas de Volkswagen, los pantalones pirata y una manera de entender el rap que parecía especialmente apropiada para tres vigueses que, según el propio Julián, no eran precisamente «músicos». Por aquellas Navidades, Madrid Rock había publicado además un reportaje del gaditano Miguel Trillo sobre el hip-hop en España, que acabaría dando paso a Rap’in Madrid (1989), el primer recopilatorio del género en España.

Dicho y hecho. El proyecto —o colectivo, para ser rigurosos— echó a andar. El 6 de enero de 1988 se presentaron en El Manco de Vigo bajo el nombre de Freddy Krueger y los Másters del Universo. Antonio «Cafre», Bernardo Vázquez —de The Refrescos—, Ángel González —por aquel tiempo en Desertores y más tarde batería de Siniestro Total— y Gonzalo López, futuro directivo de Dro-Warner. Despacharon treinta minutos de versiones de Run DMC, Beastie Boys y Public Enemy. Eran las Navidades de 1987, las de Sabrina en el Especial de Nochevieja de TVE, hipnotizando al país al enseñar una teta.

Algo parecido a lo de Julián, yo también recordé la primera vez que vi a Peon Kurtz.

Estaba con su hermano Miguel en un pub que tuvo un tiempo: Zimbabwe. Yo acababa de aprobar la Selectividad y había salido a celebrarlo con mi amigo Fernando Pena, «Depende». Era septiembre de 1994 y la noche nos arrastró hasta allí. Peon pinchaba. Miguel estaba por allí. Todavía no había salido el bombazo de Alzheimer (Dro, 1995). Nos encaramamos a lo alto de la mesa del pincha y Miguel nos riñó.

—¡Bajaos de ahí, coño! —dijo.

Fue la primera vez que una estrella del rock me dirigía la palabra.

Poco después, ya en Madrid y en la universidad, tuve mi primer —y único— desmayo: viendo a Def Con Dos en la sala Canciller presentando, ya sí, Alzheimer. Def Con Dos, inspirados en la canción «Def Con One», de la banda inglesa de grebo rock —efímero subgénero que incorporaba punk, electrónica y hip hop—, Pop Will Eat Itself, publicada en julio de 1988.

Sala hasta los topes y un muro de humedad condensada. Caí redondo.

Cuando Miguel y yo empezamos a escribir sus memorias, en febrero de 2025, sabía que Peon Kurtz iba a ser una pieza clave. Habían compartido habitación. Habían compartido litera. «Yo dormía arriba y el abajo», me dijo. Vivían en un bajo del número 13 de la calle del Cristo, en Vigo. Noventa metros cuadrados para seis personas. Sin ducha ni bañera.

Charlie —José Carlos Sánchez, «J. Charles» en Alphaville— de Discos Dro no quiso pagarles lo que tenían enter manos: un disco. Y se echaron a la calle a buscar patrocinadores. A cambio, un jingle y diez mil pesetas: «Haga lo que haga, vaya siempre a Leturiaga», «Oye tío, ¿dónde habéis grabado este disco? En el local… ¿En qué local? Bailén 14 en Madrid», «Eh, pero esa camiseta, ¿dónde te la has comprado? Pues hombre, en Gas-Oil ¿Gas qué? ¡Gas-Oil!» o «¿Dónde vas, rapaz? A Doctor Cadaval, ¿qué pasa que estás mal? Estoy fenomenal. ¿Pero qué vas a hacer? Voy a Elepé a comprarme un cedé. ¡Pues me voy contigo!, ¡pues mire usted qué bien!».

La idea no era nueva: se la habían robado a Sigue Sigue Sputnik con su disco debut Flaunt It (1986).

«Segundo Asalto se financió gracias a que Julián era un tío muy conocido y muy reputado», dijo Strawberry. Peon, mientras tanto, veía cómo aquel asunto crecía. El 29 de octubre de 1990 estuvo en la sala Universal de Leganés para ver a Public Enemy. No se lo perdió, como tampoco Fermin Muguruza, Santiago Auserón o Kike Turmix. Después llegaría Tercer Asalto (1991), la salida de Julián y aquella firma del contrato con Dro en la Plaza de Oriente, escenificada como una versión castiza de los Sex Pistols ante el Palacio de Buckingham. El disco sería además el primero en España en utilizar en castellano la etiqueta de Parental Advisory.

Todo eso forma parte de la historia de Def Con Dos. Pero Peon tenía otra historia: la de su hermano.

En el Último Concierto de Siniestro Total —6 y 7 de mayo de 2022— estuvo allí, con su eterna visera. Conocía cada canción al milímetro. Y ahora Miguel está destrozado. Y la litera, vacía.

Ayer le dije que la vida sigue, que su hermano ya vuela alto.

Y me devolvió un «ya».

R.A. Landeira

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